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Titulo:   Feminismos desde Abya Yala: IDEAS Y PROPOSICIONES DE LAS MUJERES DE 607 PUEBLOS EN NUESTRA AMÉRICA. Ciudad de México 2014
Autor:   Francesca Gargallo Celentani
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Mientras estaba escribiendo este libro todavía no conocía a las mujeres purépechas de Cherán ni el movimiento que habían encabezado en abril de 2011 para defender a su agua, su bosque y sus hombres de la delincuencia organizada y de las autoridades del estado que la solapaban. No sabía qué significaba ser mujer de un pueblo tan ligado a su territorio que fue capaz de transformar la historia política de México, gracias a una interpretación propia de la autonomía municipal.

Por el contrario, me había percatado desde los inicios de la investigación bibliográfica que precedió el viaje para ir al encuentro de mis interlocutoras de la importancia y la fuerza que tienen las reflexiones y acciones de las mujeres maya y xinka de Guatemala.

Más aún, a media voz, había expresado en ocasiones la sensación que tengo de que la intelectualidad más importante y disruptiva de América es hoy la que crece en los pueblos originarios guatemaltecos. Sin embargo, mientras escribía no podía imaginar la fuerza política que tendría la denuncia de la violencia sufrida en su cuerpo y en sus sentimientos y comunidad por parte de las mujeres del pueblo Ixil en el juicio por genocidio contra el
ex dictador de Guatemala, Efraín Ríos Montt. Con la cabeza cubierta, ante una jueza que respetó su palabra, acompañadas y contenidas por las mujeres de otros pueblos mayas y por feministas blancas y mestizas y abogadas solidarias con su condición de mujeres violentadas, las mujeres ixiles hicieron evidente que no hay pueblo que no esté formado por mujeres y hombres y que toda colectividad, aún la abstracta ciudadanía del estado liberal, no existe sin sus atributos sexuales. Cuando hablaron de violencia contra sus cuerpos, las denunciantes ixiles relataron las formas de la represión y el genocidio, cuando dijeron violación definieron la forma de la tortura, cuando dijeron mi hija dijeron una persona amada que era miembro de mi comunidad, cuando dijeron sobrina dijeron una compañera, cuando dijeron muerta dijeron víctima de un crimen de estado. Así la
palabra de las mujeres ixiles les dio a los pueblos maya de Guatemala la fuerza del reclamo frente a un estado racista y ratificó una alternativa política para América Latina, la que se está perfilando desde las prácticas y las teorías de la convivencia de los pueblos de Abya Yala, uno de los nombres ancestrales del continente.

Terminé de escribir esta recopilación de diálogos de ideas, es decir, de intercambios de posiciones sobre los feminismos y las políticas de las mujeres con compañeras de diversos pueblos originarios, apenas en junio de 2012. Dos meses después, a principios de septiembre, gracias a la labor realizada en Bogotá por las y los compañeros de Ediciones desde abajo, salió a la luz pública Feminismos desde Abya Yala. Sólo en esos dos meses
habían sucedido tantas cosas que de haber sido éste un reportaje lo habrían convertido en algo viejo. En todos los territorios americanos, en el momento en que estaba escribiendo, mujeres en colectivo o mujeres y hombres estaban actuando y reflexionando.

Tuve que respirar hondo y asumir que ningún libro puede contener la historia contemporánea de los pueblos originarios de Nuestra América. Mi deber era traducir y relatar las palabras que habían rodado entre nosotras. No fue sencillo aplacarme. Estaba preocupada por el temor de dejar afuera a las compañeras, por las ideas que se me escapaban, por lo que no había entendido. Quería seguir reportando la historia en acto de sus levantamientos, pronunciamientos, debates políticos, construcciones ideológicas, organizaciones políticas y —desgraciadamente- informando la historia de las represiones de las que son todavía destinatarios.

En los dos cortos meses que habían transcurrido entre la redacción final del diálogo de ideas feministas generadas desde los específicos sistemas de rebelión ante las jerarquías de género propias de cada pueblo y el mes de septiembre, además, me había dado cuenta que desconocía más reflexiones y propuestas interpretativas realizadas por las mujeres de
los diversos pueblos que las que había podido estudiar. Por ejemplo, me encontré con el artículo de la lingüista mixe Yásnaya Aguilar, quien afirmaba, el 4 de julio de 2012 en la revista mexicana Este País, que: “El ‘otro’ se crea a partir de establecer una diferencia generadora”. Es decir, el otro no existe en sí, es necesario que se le construya, categorizándolo como alguien uniforme y homogéneo, desvinculado de la individualidad
y al que no se pregunta si se considera una unidad con todos los otros “otrizados”.

Yásnaya Aguilar sostenía que: “En el caso de los pueblos indígenas, el hecho de que constituyamos un ‘otro’ uniforme y homogéneo para la mayoría de la población mexicana sorprende, por decir, lo menos; sobre todo, considerando que formamos parte del mismo estado-nación, que llevamos una convivencia de cinco siglos y que, además de todo, en el
discurso se habla con orgullo del mestizaje físico y cultural de nuestro país. 

En este caso no hay distancia geográfica que valga para justificar la homogenización que se hace del mundo indígena. La nulificación de nuestras complejidades y diferencias sólo evidencia que, a pesar del tiempo y la mutua convivencia, aún no establecemos una relación realmente verdadera y de iguales que propicie un conocimiento profundo y un
intercambio intenso.”

De haber leído antes a Yásnaya Aguilar, probablemente no habría escrito este libro, porque ella resume lo que yo intenté visibilizar desde los más remotos orígenes de mi investigación; es decir, desde cuando me carteaba con la poeta q’eqchi’ Maya Cu para entender los orígenes históricos y las consecuencias cotidianas del racismo y el sexismo americanos en nuestras respectivas vidas.

No obstante, la lectura de sus ideas me ratificó la urgencia de denunciar la
discriminación implícita en los modos de categorizar, definir y demarcar la importancia de una idea o una acción que aprendimos en nuestras universidades, muchas veces públicas, cuando no progresistas. Así como la obligación de reconocer la producción de ideas políticas de liberación de las mujeres que no provienen del feminismo (los feminismos, en realidad) que se ha generado en el seno de la organización política capitalista, que sólo reconoce a un sujeto individual de ciudadanía y una economía monetarista.

Ser el otro equivale a ser una minoría, no numérica sino ideológica. Ser alguien minorizado, disminuido, definido. Alguien borroso, siempre igual a sí mismo, desprovisto de presente porque excluido de la historia activa y reconocible.

Como feminista, el otro es alguien que me interesa porque es yo y es nosotras. Es-soysomos alguien que tiene una identidad negada a partir de que se le niegan la lengua, la historia, los intereses construidos, las diferencias esencializadas.

Como dice la feminista comunitaria aymara Julieta Paredes -coincidiendo en ello, por absurdo que parezca, con las mujeres del movimiento francés por la paridad entre mujeres y hombres de la década de 1990-, todas las sociedades olvidan con mucha facilidad que están compuestas por un 50% de mujeres y que, por lo tanto, las mujeres no pueden ser sus otras, sino son sus constituyentes. La abstracta ciudadanía es concretamente femenina y masculina.

Las mujeres somos el 50% de todas las sociedades, también de aquellas naciones que son “otrizadas”; eso es, infantilizadas, segregadas, marginadas, escondidas, convertidas en la excepción ante una sociedad hegemónica que se auto-identifica con el sujeto universal del derecho y la historia. Las mujeres somos el 50% de la ciudadanía abstracta y de la
población concreta en todas las naciones y según todos los sistemas de usos y costumbres: sean los que sostienen un sujeto individual, legalmente igualitario, que elige sus representantes, sean los que mantienen su organización comunal en asamblea y creen en la complementariedad de todas las personas para el funcionamiento del colectivo.

Las mujeres somos la mitad de todos los pueblos. Y en todos los pueblos, hemos generado un pensamiento crítico a la organización desigual de los poderes entre hombres y mujeres, en beneficio de los primeros. Si las mujeres de los pueblos originarios le llaman
feminismo o no, en buena medida, es un problema de traducción. ¿Qué es el feminismo? ¿Una teorización liberal sobre la abstracta igualdad de las mujeres y los hombres o la búsqueda concreta emprendida por las mujeres para el bienestar de las mujeres y en diálogo entre sí para destejer los símbolos y prácticas sociales que las ubican en un lugar secundario, con menos derechos y una valoración menor que los hombres? Si la palabra
feminismo traduce la segunda idea, entonces hay tantos feminismos cuantas formas de construcción política de mujeres existen. En cada pueblo, desde precisas prácticas de reconocimiento de los propios valores.

Por años el feminismo blanco y blanquizado -como Rita Laura Segato define el pensamiento de las personas que no siendo blancas comparten con ellas sus sistemas de valores-, que hoy ha logrado espacios de nstitucionalización significativos, no ha escuchado sino las demandas de las mujeres que viven y se quieren liberar dentro de un sistema de género binario y excluyente, que organiza de igual forma sus saberes y su economía de mercado. Por lo tanto, cuando se dirige a las mujeres de otros pueblos, las pretende educar según los parámetros normativos del propio sistema, sin escuchar sus demandas, sin conocer su historia de lucha, sin reconocer validez a sus ideas. Organiza “escuelas de líderes” sin darse cuenta que la misma idea de liderazgo pone en crisis la identidad política de quienes se piensan colectivamente, siendo capaces de aportes individuales que se socializan. Propone la igualdad con el hombre, cuando en procesos duales no binarios, la igualdad no es un principio rector de la organización política que las mujeres reclamen. Se crispa ante la idea de una complementariedad múltiple, que las feministas de muchos pueblos estudian para volver a verse como constructoras de una historia no blanca ni blanquizada de América, donde ni las mujeres ante los hombres, ni su pueblo ante el estado-nación que lo contiene, vivan subordinación alguna, sino sean interactuantes en la construcción histórica de su bienestar.

He intentado devolver este libro a las compañeras que me enseñaron a escuchar sus ideas durante todo el proceso de investigación y redacción dialogando conmigo, aceptándome a pesar de mi aspecto, enseñándome sus sistemas de evaluación, considerándome tan humana como en ocasiones la sociedad que me formó no las consideró a ellas. Algunas de ellas durante este año han pasado por cosas tremendas y grandiosas como la denuncia de las mujeres ixiles que en abril de 2013 testificaron en el
Tribunal de Mayor Riesgo de Guatemala para que el general Ríos Montt, ex presidente de facto, fuera enjuiciado por genocidio. Una Comisión de la Verdad, respaldada por Naciones Unidas, concluyó hace años que Ríos Montt había cometido una media de 800 asesinatos mensuales en los 17 meses que gobernó Guatemala entre 1982 y 1983, el periodo más sangriento de una guerra civil que duró de 1960 a 1996. Las sobrevivientes de las masacres contra el pueblo maya Ixil se atrevieron a recordar y relatar las formas que adquiere una guerra genocida, dejando clara evidencia de que la violación sistemática de las mujeres de un pueblo es un instrumento de genocidio. El pasado 10 de mayo, el Tribunal de Mayor Riesgo condenó a Ríos Montt a 80 años de prisión inconmutables por la muerte de 1,771 ixiles a manos del Ejército entre 1982 y 1983. A pesar de que el 20 de mayo tres jueces corruptos de la Corte Constitucional anularon la sentencia, los pueblos maya de Guatemala hoy saben que su incursión en el derecho de un gobierno que siempre los ha discriminado y empobrecido ha sido exitosa. El pueblo Ixil contó con una
jueza honesta, la presidenta del Tribunal de Mayor Riesgo, Jazmín Barrios.
Durante este año en Guatemala sucedieron más cosas. El 4 de octubre de 2012, por ejemplo, el ejército y la policía guatemaltecos dispararon sobre una marcha pacífica del pueblo K’iche’ de Totonicapán que cuestionaba una propuesta de reforma constitucional muy poco clara en términos de la autonomía de gobierno de los pueblos mayas.

Asimismo, durante todo este año, las mujeres y los hombres del pueblo Q’om, en las provincias de Formosa y el Chaco, en Argentina, han sufrido accidentes y violencias por el sólo hecho de ser Q’om; se les han sistemáticamente quemado sus documentos y pertenencias, se les ha atemorizado fomentando la impunidad de sus agresores, en ocasiones abiertamente amparados por agentes de estado.

Agronegocios, minería, explotación petrolera, turismo, hidroeléctricas y eólicas son los actuales rostros de una renovada frontera de expansión económica que busca expulsar de sus territorios a pueblos que legalmente han adquirido derechos a la participación y consulta sobre los “intereses que los afecten”.

Las mujeres purépecha del Municipio Autónomo de Cherán, que en abril de 2011 encabezaron la revuelta contra los talamontes que acosaban su comunidad, agrediendo sus bosques y amenazando la pureza de sus aguas, me enseñaron también que los “malos” —los delincuentes y agresores organizados- se suman a los otros agentes de la corrupción y la discriminación económica y nacional: trata de personas, despojo maderero,
contrabando, asesinato de dirigentes son crímenes relacionados con el intento de etnocidio.

Asimismo, las mujeres zapotecas de Teitipac, en los Valles Centrales de Oaxaca, cuando en febrero de 2013, junto con los hombres de su comunidad, decidieron en Asamblea General expulsar a la compañía minera Plata Real, filial de la canadiense Linear Gold Corporation, por la contaminación generada en sus mantos freáticos durante los trabajos de exploración en su territorio, me insistieron que no puede haber libertad para ellas si el agua está contaminada para sus hijos.

Las inmensas torres de los molinos de viento de las compañías eólicas transnacionales, también han despertado el enojo de las mujeres zapotecas. En Juchitán, junto con los hombres de su comunidad, declararon el 27 de marzo de 2013: “ante los embates de la nueva forma de conquista, colonización y privatización, las comunidades y pueblos
zapotecos e ikoojts del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, en un marco de legalidad y respeto a las decisiones comunitarias tomadas en asambleas, protegen, preservan y exigen sus derechos a la consulta y al consentimiento libre, previo e informado, previstos en los numerosos instrumentos internacionales, como lo es la Declaración Universal de
Derechos Humanos, Pactos Internacionales de derechos Civiles, Políticos, Económicos, Sociales y Culturales, el artículo 6 y 7 del Convenio sobre pueblos indígenas y tribales, 1989, de la Organización Internacional del Trabajo, artículo 19 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, artículo 2 de la Constitución Federal, artículo 16 de la Constitución de Oaxaca y la Ley de Derechos de los Pueblos y Comunidades Indígenas de Oaxaca”.

La situación del pueblo Mapuche en Chile y del pueblo Lenca en Honduras delata con creces la contradicción entre el derecho alcanzado y el incremento de la persecución que los y las zapotecas reclaman.

El 27 de marzo de 2013, en Temuco, las autoridades tradicionales y espirituales del pueblo Mapuche rechazaron la estrategia que implementa el Estado de Chile para diferenciar entre a las y los "Machi pacíficos", de otros y otras Machi. Eso es, diferenciar las y los dirigentes espirituales que aceptan los beneficios y financiamientos de un estado que los coopta y aquellas/os que se niegan a ello. Como cualquier curandera, las y los machi
ven su ciencia afectada por la contaminación y depredación del propio territorio.

“Muchos espacios están invadidos por forestales, proyectos mineros, hidroeléctricos, turísticos y latifundistas lo que impide la recolección de lawen para dar alivio a la gente, también (estas compañías) producen la escasez de agua vital para cualquier ser humano”, afirmaron las autoridades tradicionales. “Vemos con preocupación la situación que atravesamos diferentes comunidades en el Wallmapu, por la usurpación, represión y
aniquilamiento sistemático que el Estado ejecuta sobre nuestro pueblo, atacando nuestras diferentes expresiones de vida, violentando nuestros lugares sagrados como Nguillatuwe, Paliwe, cementerios, Tren-Tren, Winkul, Menocos, ríos, vertientes, etc., afectando directamente el desarrollo de nuestras expresiones religiosas y la labor de nuestros
Machi”.

A la luz de esta y más denuncias, así como de la violencia que los estados
nuestroamericanos despliegan contra los pueblos originarios cuando defienden el agua, el aire, la tierra, el subsuelo como elementos sagrados de la vida, adquiere mayor relevancia la categoría de “territorio cuerpo-tierra”, producida por el feminismo comunitario xinka de La Montaña Xalapan, en Guatemala. Según esta categoría resulta evidente que
“defender un territorio ancestral de la minería sin defender a las mujeres de la violencia sexual es una incoherencia”. Lo dice Lorena Cabnal, feminista comunitaria que no elude la denuncia del capitalismo y el colonialismo que someten a su pueblo, ni del patriarcado mixto, fruto del entronque del patriarcado cristiano colonialista con el patriarcado 
ancestral, que pervive en su comunidad.

Sin omitir la importancia de los acontecimientos de los meses recién pasados, y plenamente consciente de que el pensamiento de las feministas de los pueblos indígenas de Nuestra América sigue avanzando en sus formulaciones, debates y acciones entre mujeres, me atrevo a volver a publicar este libro. Feminismos desde Abya Yala no es sino un primer paso hacia la escucha de las ideas que se producen desde sistemas políticos y
teorías del conocimiento no occidentales por feministas que hablan una cualquiera de las 607 lenguas no coloniales sobrevivientes de Nuestra América.

Agradezco infinitamente la apertura y la voluntad de comprensión de muchas intelectuales, feministas, dirigentes políticas y mujeres de saber y fuerza espiritual que, a pesar de la cerrazón del sistema educativo que me ha formado, han aceptado hablar conmigo, darme a conocer sus teorías políticas, dejarme convivir con ellas en sus comunidades y compartir sueños. Han demostrado una madurez que todavía le falta a la
academia y a los movimientos políticos blancos y blanquizados.

Agradezco las correcciones y aclaraciones que recibí después de la primera redacción de este libro, aunque algunas de ellas en un principio hirieron mi amor propio.

Agradezco a la tierra, el viento, el agua, el fuego que me acompañaron mientras me lancé a los caminos que me conducían al sur desde México, la tierra que me ha acogido hace 34 años.

Y agradezco a muchas feministas autónomas, críticas y en marcha hacia la
despatriarcalización y descolonización de Nuestra América, que desde la Academia y el accionar entre mujeres me ayudaron a no perder el rumbo de la reflexión sobre las formas posibles de liberación política, sexual, educativa, económica, artística de las mujeres en sociedades que queremos más justas para todas y todos.

Francesca Gargallo Celentani
Ciudad de México, julio 10 de 2013
   

 
 
 
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